viernes, 21 de julio de 2017

Los CDs: Parachutes, de Coldplay, a 17 años de su estreno.


Hablar de Parachutes es hablar de una salsa prefabricada agridulce el cual te vuelves adicto, aunque sabes que proviene de un local de comida chatarra; es hablar de un placer culpable que tengo ahondado en mi corazón como un vampiro cuya estaca lo deja inmovilizado eternamente. De la misma manera, Parachutes no significa ahondar en un disco ni profundo ni menos trascendental en lo que es la música contemporánea; al contrario, es el disco debut de un banda caracterizada en que, desde sus inicios, jamás tuvieron una voz completamente auténtica, sino que agarraban de influencias externas que podían identificarse de una ola emo que estaba vigente a finales de los 90’ y principios del milenio, siendo referentes Radiohead con Pablo Honey (aunque el mismo grupo deteste aquel disco por el resto de su existencia) o American Football y su disco homónimo; y sin embargo resulta ser un disco fascinante en su ejecución y una experiencia atmosférica bien lograda, con canciones que marcaron una generación de frustrados cuya mayor desgracia es que su crush no los note. Era el disco hecho para sentimentales, quienes con sus dramas cotidianos como lo son el desamor, las relaciones sentimentales conflictivas y una sensación de melancolía ante la incapacidad de socializar con el prójimo traían elementos característicos de un colectivo que se sentía incomprendido por sus sentimientos contradictorios y, en parte, al angst adolescente proliferante en dicho periodo. Sin embargo, Parachutes logra cultivar una personalidad propia al tener una propuesta menos pesimista y más bien emocional, más alegre, pero sin dejar de lado aquel tinte azul que confiere a todo de frialdad y esterilidad. Si Radiohead (su contemporáneo más influyente) es el expresionista cuyo pesimismo existencial impregna sus canciones con un terror hacia la cultura contemporánea, Coldplay era el romántico de la academia, cuya emotividad y pasión exacerbada e idealista está sistematizada por cánones estéticos predilectos de la industria discográfica.






Y es que estamos ante un disco sólido, donde cada canción es auto conclusiva en su lógica, pero a su vez propone una unidad atmosférica, donde el uso de guitarras reverberantes y la voz de Chris Martin resultan ser suficientemente melancólicas para hilar su identidad. Don’t Panic, el primer single de la banda, abre el disco con una canción melancólica, pero a su vez reconfortante, una canción cuyas guitarras acústicas abren con humildad y cuya melodía simple se lleva con uuyo contenido es un himno a la friendzone romanticón más agridulce, cuyo ritmo más energizante no contrasta la melancolía de la voz de Martin, quien con su falsete impulsa n ritmo energético, convirtiéndose así una introducción más que excelente para un disco tan relajante (tal vez demasiado, según varios-muchos) como melancólico, cuya letra es una pequeña y superficial reflexión del mundo. Acto seguido, Shiver es otro single cun alarido de tristeza lo suficientemente hermoso para no sonar como una bestia herida, sino como un romántico frustrado. Spies cambia el ritmo con una canción más inspirada en Ok Computer que cualquier cosa, cuya insinuación a las paranoias (o a la vigilancia orwelliana) se intensifica con un rasgueo intenso y ritmo acelerado que suenan como la banda de Yorke, pero no alcanzan su desesperación producto de la falta de los tonos disonantes y de la ejecución limpia de la banda. Tras dicha experiencia angustiante, Sparks retoma la melancolía, pero esta vez la exacerba con un ritmo lento de guitarra y batería, un piano de fondo que se complementa con un bajo pronunciado que lleva el discurso de la melodía, profundizando aquella sensación tranquilizadora, dando finalmente una canción atmosféricamente pregnante en su pasividad anímica y melancólica. La siguiente canción, Yellow, son de esos hits de radio mundialmente conocidos, y es que ante el derroche de melosidad que significa la letra de dicha canción, la canción contribuye a una sensación adolescente con aquella guitarra rasgada y nuevamente el falsete de Chris Martin que es acompañada de las voces de los otros integrantes, dando así una canción romántica, romántica como las telenovelas que uno ve en la tarde.

Del derroche de melancolía y optimismo pasamos a la depresión superficial pero apasionante de Trouble, marcando la pauta de la segunda mitad del disco con una melodía de piano tanto memorable como triste, marcando la pauta en una canción lenta y sufrida pero bien pulida, donde cada instrumento tiene su espacio y momento, en especial el uso de aquel rasgueo reverberado de la guitarra que toma protagonismo al final de la canción. Enseguida está el interludio que da el nombre del disco, Parachutes, cuya guitarra acústica suena en solitario mientras un más-deprimido-Chris Martin canta con una voz apagada; no mucho que decir, más allá de ser una pequeña y necesaria pausa para High Speed, la cual reitero su parecido a Radiohead con el uso de la reverberación de la guitarra como principal foco de la canción, aunque eso no le quita mérito a una canción cuya atmósfera resulta ser tranquila pero vertiginosa, densidad que se combina con los versos alargados del mencionado vocalista de la banda y que genera finalmente una canción arrastrante. Con We Never Change el panorama es mucho más desalentador, con aquel rasgueo lento de guitarra electroacústica que inmediatamente emociona con su lentitud y arrastre, acompañado con una letra más que deprimente respecto a cosas felices, pero con un aire más de derrotismo y de ansias que de aceptación, acompañado con el piano ocasional y la guitarra reverberada que aparece en los momentos de mayor emotividad. La canción final, Everything’s Not Lost, es una canción que comienza lenta con un piano solitario junto a la voz, pero después se convierte en una tonada inspiradora con una guitarra que irrumpe y una batería que acompaña a este sentimiento revigorizante, cuya letra incita más a la esperanza por mejores días que de un estamento optimista.





Al cerrar el álbum (con la canción secreta a finales del disco), las diez canciones conforma una experiencia tranquilizadora de máquina expendedora, un viaje emocional de lo cotidiano convertido en un espectáculo de tonadas contagiosa y adolescentes, generando un virus que nos invade terriblemente con su tranquilidad y, lo que más extraño, su simpleza. Las canciones de Parachutes (y más A Rush of Blood to the Head) poseen una naturaleza repetitiva, con patrones que se van repitiendo (ritmos, melodías, recursos instrumentales) pero que logran dar finalmente una obra sólida en su conjunto, tanto para escucharla en un día de estrés, de depresión o simplemente quieras escuchar el álbum de cuna más efectivo de la historia de la música contemporánea; y es que Coldplay jamás fue una banda que aspiró ir más allá de los límites de la industria, sino de los suyos propios, en aquellos bordes que la industria delimita para un conjunto que no vería su fama llegar a niveles mundiales, y que, entre los actuales sintetizadores, auto tunes e himnos de estadios, llegó a perder gran parte de lo que Parachutes muestra sin vergüenza su núcleo ahora escondido pero siempre presente: su melancolía inherente como su simpleza e humildad compositiva.

Bueno, igual sus conciertos tampoco son tan malos. Por más que me queje, al final no puedo ser hipócrita y que canté cada canción con los restos de mi tráquea áspera como una lija para cortar metal. Está bien venderse de vez en cuando.

jueves, 2 de marzo de 2017

Breve Reflexión: La Mejicana del Tata Barahona.

Yo no he escuchado mucho al Tata Barahona, y sin embargo hay una canción que me sé de él.

Mi primera reacción, al igual que muchos, fue de risa: la dicotomía entre su rol de músico y el lenguaje utilizado sería digno de un sketch humorístico. El lenguaje informal, símil al del típico "flaite" chileno (o el individuo de clase baja y poca educación en Chile) choca con una melodía concisa y la imagen del canta-autor, consagrado en un espectro más amplio de la gama social y cultural del país. Al mantenerse durante la mayoría de la canción, uno racionaliza que, al ser un lenguaje más coloquial y "menos serio", uno no debería tomarse en serio dichas palabras. Y entonces, en sus últimos segundos, el Tata Barahona cambia el timbre de voz: la caricatura pronto se transforma en expresión, y entonces aquel doble estándar entra en crisis y aquellas risas incómodas se aminorizan, y en cambio, entra una carga emotiva, una honestidad y una energía que vislumbra finalmente el propósito del Tata en esta canción.

El doble estándar del lenguaje chileno se exhibe no en la canción, sino en nosotros; el lenguaje vulgar que imbuye las conversaciones de un carácter menos serio, más mundano y mucho más coloquial son el pan de cada día en nuestro país. El lenguaje es creadora de realidades, y aquella realidad, al parecer tan cercana en nuestro oídos, la consideramos tan lejana cuando se realiza en un entorno "cultural", donde dicho lenguaje se considera "vulgar" y "violento", y al cruzarse ambos, la consideramos una exageración, un lenguaje burdo, una humorada. Y sin embargo, al escuchar dicha parte final, este doble estándar se muestra al mostrarla en nuestra cara: lo que se cuenta no es una humorada, sino una tragedia, una vivencia común que es parte de nosotros, una realidad que escogemos ignorar, que escogemos esconder. El Tata Barahona crea una narración pero se nos hace familiar, en un lenguaje familiar, pero en un contexto que nos descoloca... pero cuando dicha barrera linguística se rompe, cuando dicho contexto no importa y sólo importa la historia que nos cuenta esta canción, se nos exhibe a nosotros una historia cruda y certera; una historia de la droga, la violencia en las calles y la vivencia en aquellos espacios ocultos, aquellos espacios precarios que preferimos pasar por alto.