Hablar
de Parachutes es hablar de una salsa prefabricada agridulce el cual te vuelves
adicto, aunque sabes que proviene de un local de comida chatarra; es hablar de
un placer culpable que tengo ahondado en mi corazón como un vampiro cuya estaca
lo deja inmovilizado eternamente. De la misma manera, Parachutes no significa
ahondar en un disco ni profundo ni menos trascendental en lo que es la música
contemporánea; al contrario, es el disco debut de un banda caracterizada en que,
desde sus inicios, jamás tuvieron una voz completamente auténtica, sino que
agarraban de influencias externas que podían identificarse de una ola emo que estaba vigente a finales de los
90’ y principios del milenio, siendo referentes Radiohead con Pablo Honey
(aunque el mismo grupo deteste aquel disco por el resto de su existencia) o
American Football y su disco homónimo; y sin embargo resulta ser un disco
fascinante en su ejecución y una experiencia atmosférica bien lograda, con
canciones que marcaron una generación de frustrados cuya mayor desgracia es que
su crush no los note. Era el disco hecho para sentimentales, quienes con sus
dramas cotidianos como lo son el desamor, las relaciones sentimentales
conflictivas y una sensación de melancolía ante la incapacidad de socializar
con el prójimo traían elementos característicos de un colectivo que se sentía
incomprendido por sus sentimientos contradictorios y, en parte, al angst adolescente proliferante en dicho
periodo. Sin embargo, Parachutes logra cultivar una personalidad propia al
tener una propuesta menos pesimista y más bien emocional, más alegre, pero sin
dejar de lado aquel tinte azul que confiere a todo de frialdad y esterilidad.
Si Radiohead (su contemporáneo más influyente) es el expresionista cuyo
pesimismo existencial impregna sus canciones con un terror hacia la cultura
contemporánea, Coldplay era el romántico de la academia, cuya emotividad y
pasión exacerbada e idealista está sistematizada por cánones estéticos
predilectos de la industria discográfica.
Y es que estamos
ante un disco sólido, donde cada canción es auto conclusiva en su lógica, pero
a su vez propone una unidad atmosférica, donde el uso de guitarras
reverberantes y la voz de Chris Martin resultan ser suficientemente
melancólicas para hilar su identidad. Don’t
Panic, el primer single de la banda, abre el disco con una canción melancólica,
pero a su vez reconfortante, una canción cuyas guitarras acústicas abren con
humildad y cuya melodía simple se lleva con uuyo contenido es un himno a la friendzone
romanticón más agridulce, cuyo ritmo más energizante no contrasta la melancolía
de la voz de Martin, quien con su falsete impulsa n ritmo energético, convirtiéndose así una introducción más que excelente para un disco tan relajante (tal vez demasiado, según varios-muchos) como melancólico, cuya letra es una pequeña y superficial reflexión del mundo. Acto seguido, Shiver es otro single cun alarido de tristeza lo
suficientemente hermoso para no sonar como una bestia herida, sino como un
romántico frustrado. Spies cambia el
ritmo con una canción más inspirada en Ok Computer que cualquier cosa, cuya
insinuación a las paranoias (o a la vigilancia orwelliana) se intensifica con
un rasgueo intenso y ritmo acelerado que suenan como la banda de Yorke, pero no
alcanzan su desesperación producto de la falta de los tonos disonantes y de la
ejecución limpia de la banda. Tras dicha experiencia angustiante, Sparks retoma la melancolía, pero esta
vez la exacerba con un ritmo lento de guitarra y batería, un piano de fondo que
se complementa con un bajo pronunciado que lleva el discurso de la melodía,
profundizando aquella sensación tranquilizadora, dando finalmente una canción atmosféricamente
pregnante en su pasividad anímica y melancólica. La siguiente canción, Yellow, son de esos hits de radio
mundialmente conocidos, y es que ante el derroche de melosidad que significa la
letra de dicha canción, la canción contribuye a una sensación adolescente con
aquella guitarra rasgada y nuevamente el falsete de Chris Martin que es
acompañada de las voces de los otros integrantes, dando así una canción
romántica, romántica como las telenovelas que uno ve en la tarde.
Del derroche de
melancolía y optimismo pasamos a la depresión superficial pero apasionante de Trouble, marcando la pauta de la segunda
mitad del disco con una melodía de piano tanto memorable como triste, marcando
la pauta en una canción lenta y sufrida pero bien pulida, donde cada
instrumento tiene su espacio y momento, en especial el uso de aquel rasgueo
reverberado de la guitarra que toma protagonismo al final de la canción.
Enseguida está el interludio que da el nombre del disco, Parachutes, cuya guitarra acústica suena en solitario mientras un
más-deprimido-Chris Martin canta con una voz apagada; no mucho que decir, más
allá de ser una pequeña y necesaria pausa para High Speed, la cual reitero su parecido a Radiohead con el uso de
la reverberación de la guitarra como principal foco de la canción, aunque eso
no le quita mérito a una canción cuya atmósfera resulta ser tranquila pero
vertiginosa, densidad que se combina con los versos alargados del mencionado
vocalista de la banda y que genera finalmente una canción arrastrante. Con We Never Change el panorama es mucho más
desalentador, con aquel rasgueo lento de guitarra electroacústica que inmediatamente
emociona con su lentitud y arrastre, acompañado con una letra más que
deprimente respecto a cosas felices, pero con un aire más de derrotismo y de
ansias que de aceptación, acompañado con el piano ocasional y la guitarra
reverberada que aparece en los momentos de mayor emotividad. La canción final, Everything’s Not Lost, es una canción
que comienza lenta con un piano solitario junto a la voz, pero después se convierte
en una tonada inspiradora con una guitarra que irrumpe y una batería que acompaña
a este sentimiento revigorizante, cuya letra incita más a la esperanza por
mejores días que de un estamento optimista.
Al cerrar el álbum (con
la canción secreta a finales del disco), las diez canciones conforma una
experiencia tranquilizadora de máquina expendedora, un viaje emocional de lo
cotidiano convertido en un espectáculo de tonadas contagiosa y adolescentes,
generando un virus que nos invade terriblemente con su tranquilidad y, lo que
más extraño, su simpleza. Las canciones de Parachutes (y más A Rush of Blood to the Head) poseen una
naturaleza repetitiva, con patrones que se van repitiendo (ritmos, melodías, recursos
instrumentales) pero que logran dar finalmente una obra sólida en su conjunto,
tanto para escucharla en un día de estrés, de depresión o simplemente quieras
escuchar el álbum de cuna más efectivo de la historia de la música
contemporánea; y es que Coldplay jamás fue una banda que aspiró ir más allá de
los límites de la industria, sino de los suyos propios, en aquellos bordes que
la industria delimita para un conjunto que no vería su fama llegar a niveles
mundiales, y que, entre los actuales sintetizadores, auto tunes e himnos de
estadios, llegó a perder gran parte de lo que Parachutes muestra sin vergüenza
su núcleo ahora escondido pero siempre presente: su melancolía inherente como
su simpleza e humildad compositiva.
Bueno, igual sus
conciertos tampoco son tan malos. Por más que me queje, al final no puedo ser
hipócrita y que canté cada canción con los restos de mi tráquea áspera como una
lija para cortar metal. Está bien venderse de vez en cuando.