Mi primera reacción, al igual que muchos, fue de risa: la dicotomía entre su rol de músico y el lenguaje utilizado sería digno de un sketch humorístico. El lenguaje informal, símil al del típico "flaite" chileno (o el individuo de clase baja y poca educación en Chile) choca con una melodía concisa y la imagen del canta-autor, consagrado en un espectro más amplio de la gama social y cultural del país. Al mantenerse durante la mayoría de la canción, uno racionaliza que, al ser un lenguaje más coloquial y "menos serio", uno no debería tomarse en serio dichas palabras. Y entonces, en sus últimos segundos, el Tata Barahona cambia el timbre de voz: la caricatura pronto se transforma en expresión, y entonces aquel doble estándar entra en crisis y aquellas risas incómodas se aminorizan, y en cambio, entra una carga emotiva, una honestidad y una energía que vislumbra finalmente el propósito del Tata en esta canción.
El doble estándar del lenguaje chileno se exhibe no en la canción, sino en nosotros; el lenguaje vulgar que imbuye las conversaciones de un carácter menos serio, más mundano y mucho más coloquial son el pan de cada día en nuestro país. El lenguaje es creadora de realidades, y aquella realidad, al parecer tan cercana en nuestro oídos, la consideramos tan lejana cuando se realiza en un entorno "cultural", donde dicho lenguaje se considera "vulgar" y "violento", y al cruzarse ambos, la consideramos una exageración, un lenguaje burdo, una humorada. Y sin embargo, al escuchar dicha parte final, este doble estándar se muestra al mostrarla en nuestra cara: lo que se cuenta no es una humorada, sino una tragedia, una vivencia común que es parte de nosotros, una realidad que escogemos ignorar, que escogemos esconder. El Tata Barahona crea una narración pero se nos hace familiar, en un lenguaje familiar, pero en un contexto que nos descoloca... pero cuando dicha barrera linguística se rompe, cuando dicho contexto no importa y sólo importa la historia que nos cuenta esta canción, se nos exhibe a nosotros una historia cruda y certera; una historia de la droga, la violencia en las calles y la vivencia en aquellos espacios ocultos, aquellos espacios precarios que preferimos pasar por alto.